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Incendio en Restaurante Belloni

Dentro de la historia más que centenaria de nuestro querido Cuerpo, este incendio es absolutamente insignificante. No se trató de un fuego apoteósico, nadie salió herido, no hubo mayores desgracias y creo que ni siquiera se lamentó lo quemado (dicen que fue intencional). Sin embargo, para quién intenta hacer esta historia entretenida, se trata de EL incendio. El motivo no puede ser más personal y, por ende, egoísta: en los más de 20 años en filas, varios de ellos en la Guardia y todos tratando de asistir a los actos del servicio, es la primera y única alarma de incendio que me ha tocado dar. Con este antecedente aceptarán, creo, la importancia que le otorgo a este particular acto de servicio.

 

Para contarla, hay que situarse en que corría el mes de julio del año 1986, además de Teniente 1° y Jefe de Guardia Nocturna, estaba haciendo mi práctica profesional, lo que significaba un arduo trabajo todas las mañanas y, por último, con otros futuros colegas llevábamos algunos asuntos en un oficina.

 

Por esa época, ya no recuerdo por que acontecimiento telúrico o similar, había grandes problemas con el abastecimiento de agua en la ciudad, lo que duró bastantes días, al punto que se nos había pedido que las Compañías que contábamos con carros cisternas (en esos entonces el viejo Z-14 todavía se albergaba en nuestro cuartel) entregaran agua en puntos claves, como hospitales, clínicas, asilos de ancianos, escuelas, etc., desde la madrugada hasta bastante avanzada la noche. El problema era de una seriedad tal que incluso las Bombas eran ocupadas en estas labores. Por lo mismo, existían instrucciones que, en caso de alarma de incendio, todo cisterna debería dirigirse al lugar tan pronto tuviera el estanque lleno.

 

El dar agua (¡todo el día!) era un trabajo bastante tedioso, por lo que me costaba conseguir quién quisiera acompañar al conductor y ayudarlo con las labores de recarga y traspaso del agua. Por esto, tanto para cubrir los turnos como para dar el ejemplo a los voluntarios, muy a menudo tripulé para esta labor.

 

Claro que, para ser franco, tuve mis recompensas. En una de esas largas tardes, alguien dio una alarma de incendio y, canasta limpia, estábamos cerca, con el estanque milagrosamente lleno y concurría la B-14. Por tanto, al poco rato, estábamos alimentándola (dado que “no oí bien” la instrucción de la Central de alimentar a otra máquina) y trabajando con dos pitones que fueron cruciales, por la escasez de agua. Tranquilicé mi conciencia dirigiendo hacia la otra Bomba al Z-2.

 

Pero esto de andar de aguatero me trajo también sinsabores, pues entre toda esta actividad, no concurrí a la práctica por dos semanas, avisando que “estaba enfermo”. Para mi mala suerte un periodista nos vio cuando entregábamos agua en un condominio y sacó una foto que no halló nada mejor que publicar en la primera página del matutino más leído de Chile. Su buena voluntad para “ensalzar nuestra labor de ayuda a la comunidad”, según dijo, me costó una llamada fulminante de mi profesor guía, el cual, sordo ante mis balbuceantes explicaciones, me encajó, lo cierto es que merecidamente, un mes de castigo. 

 

También, de pasada, digo que le tomé para siempre respeto a las personas cuando se desesperan y están en grupo, dado que pasamos algo más que malos ratos tratando de calmar a la gente y poner algo de orden para poder iniciar el reparto del agua.

 

A todo esto, me doy cuenta de que mi intención original era referirme al incendio del “Belloni” y casi me estoy embarcando con una crónica de la época.

 

Retomando entonces este tema, debo, necesariamente, hacer un último rodeo previo para explicar algo que sucedió el día antes del siniestro, pues lo pienso determinante para haber podido dar la alarma de incendio, aunque por omisión. Me explico, como dije, estaba en la guardia y esa madrugada anterior nos despertó los clásicos “ring-ring” del directo (la salida por tonos codificados y caída de timbres inmediata era todavía un hecho del futuro lejano), enviándonos a un llamado a Enrique Foster e Isidora Goyenechea. Pese a ser un amago estructural (una caldera en un subterráneo), la Central, por olvido como me indicó después la operadora, no despachó a las máquinas de la 15ª. Compañía, ubicada en esos entonces en Av. Apoquindo con El Bosque.

 

A la madrugada siguiente, casi a la misma hora, nuevamente nos sacó de la cama el doble sonido del directo (que reconozco resonará en mi mente hasta que me muera) y en la Bomba nuestro cuartelero, el recordado “Chico” Aguilar, me dijo que era en Isidora Goyenechea y Magdalena y, como era despistado como pocos, me preguntó dónde era eso (lo cierto es que era desesperante, pues se perdía a tres cuadras del cuartel; la contrapartida es que, ya ubicado, manejaba como los dioses y era un lince para situar la Bomba). Cuando le dije que tomara la misma ruta que el día anterior, puso su típica cara de entre contento y concentrado, como la del Coyote cuando está a punto de agarrar a su plumífero archirrival, y partió como celaje.

 

Cuando la Central emitió el despacho por radio, indicó que íbamos con Q-15 y X-15 (hoy R-15), que ya en esa época salía como máquina de apoyo de agua. La operadora habló con ese típico tono de voz que no sé explicar porqué, pero uno lo escucha y sabe que va a estar movida la salida; de hecho varios voluntarios me dijeron que la oyeron y se levantaron de inmediato vaticinando acción.

 

Por el camino empecé a esperar lo que dijeran las máquinas de la 15 al llegar, cuyo cuartel sólo quedaba a siete cuadras del lugar, pero nada se escuchaba. Pudimos ir muy rápido, dado que tocaron todas las luces verdes, salvo en la esquina de Eliodoro Yánez (subiendo por Los Leones) que estaba en rojo, pero ahí había un carabinero (¿qué hacía ahí a esa hora?) que nos dio la pasada, por lo que Aguilar ni sacó el pié del acelerador. Enfilamos por Providencia y luego Apoquindo, viendo vacía la sala de máquinas de nuestros entonces vecinos y todavía nada en la radio. Tomamos Enrique Foster al norte y al doblar hacia mi lado, la derecha, nos topamos con el impresionante espectáculo de una de esas casonas antiguas, tipo inglés, de dos pisos, (que ya casi no quedan), que ardía violentamente, por todos sus costados, en medio del silencio de la noche. De las máquinas de la 15, ni rastro. Tuve que hacer callar a los 8 voluntarios que llevaba atrás, que gritaban entusiasmados por esta visión, para poder decir las palabras rituales: “B-14 a Central, por orden de ….., etc, etc”, aunque parezca exageración a las 06:14 AM.

 

Como tenía bastante personal (detrás de la Bomba venía un auto con más voluntarios), desplegamos muy rápido dos armadas de 70, sacando de cada una dos pitones. Llamé por radio al Z-14 pidiendo alimentación, pensando además calzarme a la primera Bomba que apareciera para que buscara grifo y nos alimentara, rogando que hubiera algo de presión por ser todavía de noche (recuerden el problema con el agua). Para mi sorpresa ésta fue la B-13, cuya máquina de la época era más bien lenta; con su buena voluntad característica los “13” se pusieron a buscar un grifo que sirviera para algo (costó, pero lo ubicaron y, por suerte, agua nunca nos faltó, salvando el Z-14 el intervalo). Digo sorpresa porque esperaba primero la llegada de la B-20. Después alguien me contó que en no sé cuál esquina, estuvieron a punto de chocar con la B-18. Y otra anécdota fue que los colegas de Vitacura olfatearon tan bien el calibre del llamado (¿por la voz de la operadora?) que, antes de la alarma de incendio, sacaron e hicieron partir empujando al Z-18, que andaba con problemas de batería, con lo que se aseguraron el agua. ¡¡Esa sí que es adrenalina: hacer partir a puro ñeque un carro que, sólo en agua, pesa más de 8 toneladas!!.

 

Luego los típicos avatares de todo incendio: pedir que alguien meta un pitón por ahí, que se bote tal puerta, advertirle a más de alguno que no se arriesgue tanto, calmar a un vecino, etc. Llegó la Comandancia y sus “naranjitos”, con lo cual pasé, como todo simple Teniente 1°, a un más que segundo plano. Más tarde, tratándose de un incendio sólo mediano, amainó el fuego y se retiraron las primeras máquinas.

 

A es altura no me pude aguantar la curiosidad y me acerqué a un amigo de la 15, que venía en el X, para preguntarle para dónde partieron. Me dijo que cada carro se fue por su lado y que él la verdad es que había salido medio dormido y no cachó mucho hasta que escuchó que dábamos la alarma, lo que lo(s) despertó de golpe, sorprendido además de que llegáramos tan luego. Por esto pienso que el llamado del día antes tuvo doble efecto, a nosotros nos permitió que Aguilar se ubique al tiro, pero, por sobre todo, al no despachar a nadie de la 15, no los ubicó a ellos, que obviamente estaban llamados a dar esta alarma.

Como sea, todas estos hechos causaron que pudiera dar, hasta hoy, casi 20 años después, mi única alarma. Reconozco que, cuando pienso en aquellos días, todas estas vivencias, afanes y juveniles experiencias, me hacen sonreír por dentro, aunque, por nostalgia, con algo de tristeza.


Xavier Armendáriz
Voluntario Honorario